Las dos voces de la vida espiritual
Homilia para el cuarto Domingo de Pascua
Una de las preguntas más importantes —y más difíciles— de la vida espiritual es esta: ¿Cómo reconozco la voz de Dios?
En el Evangelio de hoy, Jesús nos da consuelo y también un desafío. Él dice: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen.” El consuelo es claro: tenemos un Pastor que nos conoce profundamente. El desafío también es claro: escuchar esa voz en un mundo lleno de ruido.
Vivimos en una cultura que no es silenciosa. El internet es ruidoso. Las noticias son ruidosas. Nuestros horarios son ruidosos. Nuestros hijos son ruidosos. Hasta nuestros propios pensamientos hacen ruido.
Y sin embargo, Dios habla —como aprendió Elías— no en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego, sino en una “voz suave y tranquila.” Por eso es tan fácil no escucharla.
La Escritura usa muchas veces la imagen de las ovejas y el pastor. Nosotros somos las ovejas; Jesús es el Pastor. A veces me pregunto por qué Dios no escogió un animal más impresionante: un águila, un león, un caballo fuerte. Pero Él escogió ovejas. Las ovejas no son fuertes, ni rápidas, ni inteligentes. Se asustan fácilmente y se pierden con facilidad. En nuestros peores momentos, somos como esas ovejas: perdidos, confundidos, ansiosos, abrumados.
Pero las ovejas tienen una gran fortaleza: reconocen la voz del pastor. En un campo lleno de sonidos, pueden distinguir una sola voz y seguirla. Y también rechazan la voz de un extraño. En nuestros mejores momentos, somos como esas ovejas. Escuchamos la voz del Pastor y la seguimos. Y cuando lo hacemos, encontramos consuelo, claridad y paz, aun cuando el camino es difícil. Nos sentimos guiados, no empujados.
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Jesús dice: “Mis ovejas escuchan mi voz.” No dice “tal vez escuchan.” No dice “a veces escuchan.” Dice escuchan. Así que el problema no es que Dios no hable. El problema es que estamos rodeados de otras voces.
Esas voces caen en dos grupos: la voz del Buen Pastor y la voz del ladrón. La voz del Buen Pastor puede ser también la voz de nuestros ángeles, del Espíritu Santo, de la gracia santificante. La voz del ladrón es nuestra vida de pecado, nuestro orgullo, el mundo roto que nos rodea y los enemigos de Dios.
La voz del Buen Pastor nos lleva a la consolación. La voz del ladrón nos lleva a la desolación. Esa voz inquieta, confunde, acusa y aísla.
La voz del Pastor suena como una invitación: Ven. Confía en mí. Da un paso. Eres suficiente porque yo estoy contigo. Esa voz crea libertad, paz y la sensación de ser conocido. La voz del ladrón suena como presión: Tienes que hacerlo. No eres suficiente. Rápido. Haz más. Demuestra tu valor. Esa voz crea ansiedad y miedo.
Una voz hace más pequeño el corazón. La otra lo hace más grande.
En la dirección espiritual, a veces hago una pregunta sencilla: “¿De quién es esa voz?” Porque la voz de Dios siempre es coherente con Su carácter —y Su carácter se revela en Jesús, el Buen Pastor. Él no empuja a las ovejas con miedo; las guía con amor.
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Entonces, ¿cómo aprendemos a reconocer la voz del Pastor?
Primero, bajamos la velocidad. La voz de Dios casi nunca habla con pánico o urgencia. El Pastor no grita por encima del ruido; espera a que nosotros nos calmemos.
Segundo, miramos el fruto. ¿Esta voz me lleva a la confianza, al amor y a la paz, aunque el camino sea difícil? ¿O me lleva a la ansiedad, la vergüenza y el aislamiento? ¿Cual es el fruto?
Tercero, nos mantenemos cerca de Jesús. Las ovejas aprenden la voz del pastor estando con él —día tras día, paso tras paso. No tienes que entender todo de una vez. El Pastor no se queda lejos gritando instrucciones. Él camina delante de ti diciendo: “Sígueme.” Hay otra cualidad de las ovejas que podemos practicar: la confianza. Las ovejas confían en el pastor. Cuanto más escuches, más reconocerás Su voz. No porque se haga más fuerte, sino porque aprendes a confiar en ella.


