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Una Nueva Imagen del Padre

En este Día del Padre, quiero que pensemos en nuestro Padre del cielo y en cómo su presencia nos da fuerza.

Quiero comenzar con una imagen. Hace un año, yo caminaba por la playa al amanecer. El cielo estaba naranja. Las olas tocaban la arena. Las aves volaban sobre el agua. Y vi algo que nunca olvidé: un padre caminando de la mano con su hijo pequeño, de unos cuatro años. No hablaban. Solo miraban la belleza del momento: el sol que subía, el sonido del mar, el cielo brillante. Pero en la cara del niño se veía algo claro. Él se sentía conocido. Amado. Seguro. Aun sin palabras, sabía: Camino con mi padre. 

Los niños no necesitan frases perfectas para ser escuchados. Necesitan presencia. Necesitan una mano firme. Yo imaginé a ese niño compartiendo en silencio todo lo que llevaba en su corazón. No solo la belleza del amanecer, sino también los pequeños terrors de la noche anterior. Una casa desconocida. Ruidos extraños. El viento golpeando las ventanas. En silencio, compartió las muchas emociones dentro de él, hablando a si mismo: Camino con mi padre, y mi padre me escucha.

Esa imagen volvió a mi mente cuando recé con las lecturas de hoy. Porque Jeremías, el salmista y Jesús nos dicen lo mismo: tenemos un Padre que camina con nosotros y que nos escucha.

Jeremías necesitaba esa certeza. En la primera lectura, él está rodeado de traición. Sus amigos murmuran. Sus enemigos lo atacan. Él grita: “¡Terror por todas partes!” No tiene a dónde ir. Nadie lo defiende. Nadie lo entiende. Pero en medio de ese miedo, Jeremías dice algo increíble: “El Señor está conmigo.” El Señor está con él en el caos. No después de la tormenta. No cuando todo mejora. En ese mismo momento. Jeremías es como ese niño en la playa: asustado, pero caminando con un Padre que escucha y que no abandona.

El salmo repite la misma verdad. “Por ti sufro insultos… me he vuelto un extraño… respóndeme, Señor.” El salmista suplica, pero con confianza. Él sabe que no habla al vacío. Sabe que alguien lo escucha. Alguien que oye al pobre, al herido, al invisible, al que se siente rechazado en su propia casa. Termina diciendo: “Grande es tu bondad.” Él también podría añadir: Porque mi Padre me escucha.

Nuestro Padre del cielo escucha nuestro clamor, sobre todo cuando nos sentimos solos o abrumados. Dios es el mejor de los oyentes. No solo oye nuestras palabras. Escucha lo que está debajo. Escucha el corazón. Escucha lo que no sabemos decir. Escucha incluso cuando no tenemos palabras. Como el padre y el hijo en la playa: sin hablar, pero profundamente unidos.

Jesús completa este imagen. Él habla de un Padre que ve a dos gorriones que casi no valen nada. Un Padre que cuenta los cabellos de tu cabeza. Un Padre que conoce tus miedos, tus heridas, tus deseos y tus luchas escondidas. Por eso Jesús dice: “No tengan miedo.” No porque la vida sea fácil. No porque todos te entiendan. Sino porque estás bajo la mirada de un Padre que te conoce y te ama completamente. Tú vales más que muchos gorriones. Eres precioso. Nunca estás sin ser escuchado.

Hay momentos en la vida en que el grito de Jeremías es también el nuestro. Cuando el trabajo pesa. Cuando las relaciones duelen. Cuando viejas heridas regresan. Cuando el miedo habla en la noche. Cuando nos sentimos invisibles o no amados. A veces los enemigos están afuera. Muchas veces están dentro de nosotros. Pero la Palabra nos dice: No caminas solo. Tu Padre camina contigo. Tu Padre te escucha.

En mi oración de la mañana, siempre dejo que el Padre me escuche. Le entrego mis miedos. Le muestro lo que escondo. Y en el silencio escucho lo que más necesito: “Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco.” Esas palabras me dan fuerza. Me dan valor. Me dan vida.

En este Día del Padre, sé que la palabra “padre” puede ser difícil para algunos. Pero hoy Dios nos ofrece otra imagen: un Padre que camina con sus hijos, que escucha, que protege, que se alegra con nosotros.

Vuelve a ese niño en la playa. Seguro. Conocido. Escuchado. Ese niño eres tú. Ese niño soy yo. Ese niño es cada hijo de Dios.

Y cuando llegue los terrores, pequeño o grande, puedas decir:

“Camino con mi Padre, y mi Padre me escucha.”

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