En Español

Aprender a escuchar el susurro entre el ruido

Homilia para el 19no domingo

Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave.
Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva.
1 Reyes 19:13

¿Dónde escuchas el susurro de Dios?  Elías escuchó ese susurro en la cueva. Jesús subió al monte para orar. Después de un día difícil, muchas veces me voy solo al bosque. Mi caminata se convierte en mi oración. Allí descanso. Allí encuentro de nuevo a Dios en la belleza de la creación.

Pero no siempre es fácil encontrar un lugar tranquilo. La vida puede ser caótica.  El Evangelio nos presenta este contraste.  Jesús está solo en el monte, orando. Los discípulos están en la barca. El viento es contrario. Las olas sacuden la barca. 

Jesús está en oración. Los discípulos están luchando contra la tormenta.  ¿Cuál de estas dos imágenes describe mejor tu vida espiritual?

Cuando descuido la oración, no hace falta mucho para que el miedo y la ansiedad comiencen a sacudirme. La frustración y la incertidumbre me hacen perder el rumbo.  La tormenta de afuera se convierte rápidamente en una tormenta dentro de mi.

Eso también le pasó a Elías.  Elías estaba cansado, desanimado y asustado. Sus enemigos lo perseguían. Finalmente, escapa en una cueva.  Dios le dijo que saliera de la cueva, porque el Señor iba a pasar.  Primero vino un viento huracanado. Después vino un terremoto. Después vino un fuego. Pero el Señor no estaba en el viento huracanado, terremot, o fuego.  Finalmente, se escuchó “el murmullo de una brisa suave.”

Allí Elías encontró a Dios.  Si Elías hubiera escuchado solamente el viento, el terremoto y el fuego, no habría escuchado la voz de Dios. Nos sucede lo mismo a nosotros: cuando solo escuchamos las calamidades, no podemos oír el susurro de Dios.

Jesús se retiró al monte. Elías entró en la cueva.  Pero nosotros no vivimos siempre cerca de un monte o de una cueva.  Entonces, en medio de los vientos y las olas de la vida diaria, ¿dónde podemos escuchar a Dios?

Esta semana pasada viajé por Boston y Bar Harbor, en Maine. Aeropuertos, hoteles, tráfico, mucha gente. No es fácil encontrar silencio en un viaje.  Pero esta vez quise hacerlo mejor.

En el aeropuerto de Boston, me senté en una sala llena de gente. Había anuncios, conversaciones y maletas por todas partes.  Me preguntaba: “¿Dónde está el susurro de Dios ahora?” 

Entonces comprendí algo. El silencio no depende solamente de lo que sucede afuera. También depende de lo que sucede dentro de mí. 

Cada día escribí en mi diario dos palabras.  Una palabra para lo que estaba pasando afuera. Y otra palabra para lo que estaba pasando dentro de mí.

“Retraso del vuelo… ansiedad.”  “Largas filas… impaciencia.”  “Malos letreros… confusión.”  La ansiedad, la impaciencia y la confusión dentro de mí pueden hacer difícil escuchar a Dios.

Yo no puedo controlar todo lo que sucede afuera. Pero puedo prestar atención a lo que sucede dentro de mí.  Y cuando nombré lo que estaba pasando dentro de mí, pude explorar las preguntas más profudas:  ¿Qué me da miedo?  ¿Por qué tengo tan poca fe?  ¿Realmente creo que Dios me ama?

Durante el viaje también hubo mucha belleza. Caminamos por las calles de Boston y Bar Harbor. Comimos en el puerto. Visitamos el Parque Nacional Acadia.  Y las palabras en mi diario fueron diferentes:  Alegría. Asombro. Gratitud.  Cuando mi corazón estaba lleno de estas cosas, era más fácil escuchar el susurro de Dios. 

Recuerdo las palabras de Jesús a Marta:  “Estás preocupada y angustiada por muchas cosas. Una sola es necesaria.”  Ese es nuestro problema muchas veces. No es solamente que la vida sea ruidosa. Es que llevamos demasiado ruido dentro de nosotros.

Pero cuando pude estar en silencio, la belleza de Maine me enseñó otra cosa.  Los lagos eran claros. Los bosques eran verdes. Las flores tenían muchos colores. Los árboles estaban llenos de frutos. 

Y pensé: este es Maine. El invierno es largo. La tierra es dura. El tiempo para crecer es corto.  Sin embargo, llega la primavera. 

También en nuestra vida hay inviernos: dolor, pérdida, incertidumbre y tristeza.  Pero el invierno no tiene la última palabra. 

Si mantenemos nuestros ojos puestos en Jesús, como Pedro cuando caminaba sobre el agua, y seguimos escuchando, Dios puede traer una nueva primavera.

Dios trae nueva vida.  Las tormentas no tienen la última palabra.  Dios la tiene.

Por eso, hoy les dejo la misma pregunta que me hice en aquel aeropuerto:  ¿Dónde escucho el susurro de Dios?  O quizás una pregunta mejor:  ¿Dónde estoy haciendo tanto ruido que no puedo escucharlo?

Leave a Reply