Es hora de redescubrir el lenguaje oculto de Dios”
“[En el día de Pentecostés], todos los discipulos se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas… cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua.” (Hechos 2:1-11)
¿Qué idioma hablaban? No el idioma de los Estados Unidos, ni el de México, ni el de Filipinas, ni el de ninguna otra nación. Hablaban el lenguaje que subyace a todo lenguaje: el lenguaje de Dios.
Pentecostés es el momento de recordar nuestro verdadero lenguaje natal. Es el lenguaje que un bebé conoce en el vientre materno; el lenguaje que los santos escuchan al contemplar el rostro de Dios; el lenguaje que se susurra en tu alma cuando te atreves a guardar silencio. Es más antiguo que la creación misma. Es el lenguaje que Adán habló a Eva antes de la Caída; el lenguaje que Jesús habló al Padre cuando clamó desde la cruz.
Es un lenguaje poderoso. Este es el lenguaje que Jesús utilizó para abrir los oídos de los sordos, expulsar demonios, resucitar a un niño muerto y enviar a un ladrón moribundo al paraíso. Todo ser humano conoce este lenguaje, pero no todos lo hablan.
En este Pentecostés, comencemos a hablar una vez más el lenguaje de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.
Existe un riesgo. Cuando Jesús hablaba el lenguaje de Dios, algunos escuchaban y le seguían; otros se marchaban entristecidos. Lo mismo ocurrió en Pentecostés. Los discípulos hablaron, y todos escucharon el mensaje en su propio idioma. Algunos abrieron sus corazones y reconocieron la voz de Dios; otros cerraron sus corazones y no oyeron más que disparates de borrachos.
El lenguaje de Dios puede ser impetuoso, como un viento huracanado y lenguas de fuego. Pero, por lo general, el lenguaje de Dios es menos dramático. A veces es tan suave como una paloma que desciende del cielo. A veces es tan silencioso como un recién nacido que descansa en los brazos de su madre. A veces es tan sencillo como Jesús entrando en silencio en una habitación y diciendo: «La paz sea con ustedes».
Cuando hablamos el lenguaje de Dios, algo en el corazón humano se estremece al reconocerlo. Recuerda quiénes somos y de quién somos.
Pero existe una batalla. Para hablar el lenguaje de Dios, debemos reconocer que este se encuentra en guerra con el lenguaje del mundo. He aquí las líneas de batalla:
El lenguaje de Dios une; el lenguaje del mundo divide. El lenguaje de Dios tiende puentes; el lenguaje del mundo levanta muros. El lenguaje de Dios dice la verdad; el lenguaje del mundo vende ilusiones. El lenguaje de Dios reverencia toda vida humana; el lenguaje del mundo disfraza la violencia con palabras como «elección» y «libertad».
El lenguaje de Dios es como el aliento de Jesús que llena de paz los corazones de los discípulos atemorizados. El lenguaje del mundo es como un martillo: ruidoso, agresivo, ansioso por silenciar todo lo que es santo.
El mundo intenta someter el lenguaje de Dios a golpes. O seducirlo con el glamour del mal. O intimidarlo con burlas e insultos. Por eso, hablar el lenguaje de Dios requiere valentía: una valentía del Espíritu Santo, una valentía de Pentecostés, una valentía de cenáculo, una valentía con forma de cruz.
Entonces, ¿qué hacemos? En un mundo que ha olvidado el lenguaje de Dios, ¿qué podemos hacer?
Uno. Comienza a hablar el lenguaje de Dios en todo momento. Evita el lenguaje del mundo. Evita el lenguaje de la división, del cinismo, de la acusación y del miedo. Niégate a permitir que esas palabras moldeen tu corazón. En su lugar, habla el lenguaje de Dios: el lenguaje que el Espíritu pone en tu lengua. Deja que todas tus palabras den el fruto del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, bondad, generosidad…
Dos. Reconoce la diferencia entre el lenguaje de Dios y el lenguaje del mundo. Es el lenguaje que habla de sanación donde ha habido dolor; de paciencia donde ha habido frustración; de paz donde ha habido conflicto. Y a un mundo que se ha vuelto insensible y cínico, el lenguaje de Dios le habla de asombro y misterio.
Tres. Y ten fe. El lenguaje del mundo podrá ser ruidoso, pero no es perdurable. El Espíritu Santo es nuestro Abogado, nuestro aliento, nuestro fuego. Jesús prometió que estaría con nosotros siempre. La última palabra la tiene Dios. Cuando llegue el Reino, todos hablarán este lenguaje.
Pentecostés no es solo una fiesta; es una misión. Un llamado. Un recordatorio de quiénes somos verdaderamente. No olvidemos jamás nuestra lengua materna. Hablemos el lenguaje de Dios en todas las circunstancias. Cuando hablemos este lenguaje con el poder del Espíritu Santo, renovaremos la faz de la tierra. A lo largo de la semana, pregúntate: ¿Están mis palabras y mis acciones hablando el lenguaje de Dios o el lenguaje del mundo?


